Viernes 14 de enero de 2000, Diario "Clarín"

Gracias, Homero

Hoy se cumplen diez años del debut de Los Simpson como programa en la TV estadounidense. A la luz de semejante onomástico es posible repasar el modo en que, en la última década, los dibujos animados cambiaron, estética y conceptualmente, su forma de ser.

MARIA IRIBARREN
UN DIA COMO EL DE HOY. Pero de hace diez años, Los Simpson inauguraban sus envíos semanales.

Aveces pienso que somos la peor familia de la ciudad", gime Homero Simpson sin demasiada convicción. Marge le responde: "¿Y si nos mudamos a una ciudad más grande?". El diálogo pertenece a uno de los casi trescientos episodios de Los Simpson que fueron presentados a lo largo de sus diez temporadas. Claro que también podría entenderse como una parábola de estos años. Un día como hoy pero de 1990, la familia de Springfield debutaba con serie propia en el canal Fox de EE.UU. Y a poco de esa aparición Homero, Marge, Bart, Lisa y Maggie se consagraron ciudadanos del mundo. Sus peripecias lograron despegar del nombre propio y del pueblo que los alberga, para encarnar los infortunios que padece la clase media en variados rincones del planeta. La lógica plana y el idioma despojado de rarezas con que Matt Groening dotó a sus criaturas facilitó el vertiginoso consenso alcanzado por Los Simpson entre espectadores de toda especie. Al cabo de diez años, no parece atrevido afirmar que Los Simpson provocaron una revolución: desde entonces, el dibujo animado ha cambiado sus reglas, alcanzando un grado de desarrollo estético y conceptual poco frecuente. ¿Cuáles fueron esas innovaciones? Un primer aspecto que salta a la vista es el contexto de realidad que Matt Groening le dio a la historia. De hecho, el mundo que rodea a Los Simpson no revela un paisaje impreciso: aquí se trata del mundo real en su versión década del 90. Es decir: un mundo habitado por gente que ya no cree en utopías ni en epopeyas ecológicas ni en la trayectoria académica de los hijos ni en las bondades de la tecnología.

En este sentido, tanto el trazo de los dibujos como los escenarios de fondo y, por supuesto, los parlamentos, destilan un fatalismo ácido que, después de Los Simpson, fue asumido como rasgo distintivo de los nuevos personajes animados. Entre ellos, los hay rotunda y descaradamente escépticos, como la pareja Ren & Stimpy, cuyo desprecio por el entorno no observa prudencia alguna. Pero también están los que añoran el pasado, tal como lo manifiesta la personalidad sombría y desquiciada del pato Duckman. Por su parte, los tres mandamientos de Homero dan la pauta de la falta de convicciones que lo constituye: Yo no fui, Estaba así cuando llegué y Muy buena idea, jefe.

Una secuela irreversible de este paisaje desolado (y desolador) destella en el carácter de cualquiera de los miembros de la parentela Simpson: todos ellos carecen de heroísmo. Tomándolos como modelo, el género en su conjunto se deshizo del rigor épico y moral que se había impuesto en sus orígenes. Y es un hecho que, en su caída, el heroísmo arrastró a la fábula edificante, un ingrediente casi ineludible en todo producto destinado a los niños. Lo cierto es que, desde Los Simpson en adelante, una legión de desencantados puebla la televisión. Se sabe que Homero es capaz de matar por una cerveza y nadie lo condenaría por eso. En cambio, el lenguaje vulgarmente explícito y la procaz inocencia de los escolares de South Park todavía despiertan voces de ira que claman por censura.

Otro punto capital que sitúa a Los Simpson como bisagra del género es que, por primera vez, el dibujo animado concibió a una familia nuclear y la puso como centro de la peripecia. Este no es un dato menor si, además, se le suma la deformidad de los cuerpos y la idiosincracia de los personajes. Tal deformidad (surgida de la mala alimentación y la intoxicación ambiental) supone la desidealización de la institución familiar. El ataque a las convenciones y recomendaciones alrededor de las que debería organizarse una comunidad (incluyendo eventuales discursos reparadores de la culpa social como por ejemplo la oratoria políticamente correcta) es aplastante. Lo dicen Bart y Homero en un diálogo memorable: "Cuando sea grande, no quiero trabajar. Trabajar es para los idiotas" (Bart); "Hijo, estoy orgulloso de ti. Yo tenía el doble de tu edad cuando me di cuenta de eso" (Homero).

Hoy se cumplen diez años del nacimiento de Los Simpson. De alguna manera, su consagración enmienda el aislamiento del dibujo animado. A partir de Los Simpson, los autores revitalizaron la especie, incrementando las referencias al contexto histórico real y a su costado surreal también. Así, el tráfico de situaciones y comportamientos ordinarios, con los que el espectador puede identificarse, resulta una de las claves de su prestigiosa popularidad. Y desde entonces, los dibujos animados forman parte del sucinto repertorio de ofertas culturales que hacen menos fastidiosa la existencia. Parafraseando a Homero una vez más, es justo afirmar: íQuién hubiera dicho que un dibujo animado serviría para algo!